miércoles, diciembre 10, 2008

EPITAFIO LITERARIO

Parecía el dibujo calcado de la silueta de alguien que parecía vivo. El humo de las palabras irritó sus ojos. Creía tener héroes que vivían en sus tumbas y que colgaba ordenados por orden alfabético. Algunos muertos otros que aun vivían. A algunos les hubiera disparado y otros les habría arrancado el corazón de papel roneo. Podría haber arrancado páginas enteras o escrito alguna buena historia que a algunos les podría haber parecido triste, pero no tenía pena, ni sentimientos de tipo cliché. Silenciosamente dibujó la palabra amor con su letra ilegible.


En la pared colgó una bandera de un comandante y el cintillo de un general, pero no creía en la guerra. Esparció sus amigos por sobre la cama y todos tenía la piel plastificada y tatuada letras con tipografía estilo asesino. Algunos tenían nombres de países extranjeros que se colgaban del mapa en alguno de sus extremos. Usaban el tren Fedex o Correos Chile los llevaba a cualquier parte, pero en su interior no se leía ningún remitente, eran libres, porque así lo quisieron. Y dicen que querer es poder, pero el poder lo tienen unos pocos y esos son los que hacen lo que quieren.


Miró la hora, pero nunca le importó el tiempo. Destruyó los calendarios y olvidó las fechas importantes. En cierto modo tenía estilo, como los lápices, los autos y las modelos (JA). Como comandante de sus días manejaba las situaciones con alegría, esquivaba el mal tiempo con su capota de torero que usaba de paraguas. Era un escultor de sonrisas. Dejó de soñar sólo en las horas de sueño, porque dormía poco. Sabía muy bien que dormir no era soñar y que soñar, en cierta forma, no era vivir. No consideró los anuncios de los diarios ni las caricaturas tan de moda. No esperó que la astrología le predijera los números en los que debía apostar ni el color de ropa que debía usar. Siempre tuvo una carta bajo la manga. Era un buen apostador con las fichas de colores, tuvo suerte en el Texas Holdem y la ruleta rusa se la envió de encomienda a Dostoievski, con un mensaje que decía, “buena suerte, compañero”.


En cierta forma era un tipo normal, podría haber sido un loco, un genio o un idiota. Si le hubieran preguntado, habría marcado las tres opciones en el test sicológico de alguna entrevista de trabajo y probablemente, la sinceridad le habría costado el puesto. Y no es que le gustara llegar en el primer lugar, los flashes del triunfo le parecían artificiales, como las luces en el hall de un hotel 5 estrellas, como la luna en algún dibujo animado de ayer y de hoy.