martes, febrero 28, 2006

KARMA FUTURISTA

El vaso cayó de la mesa en forma ruidosa y al estrellarse con el suelo los pedazos se repartieron por toda la habitación. Él se levantó y miró el diario de la semana pasada, lo tomó y lo tiró contra la pared. Todo seguía como siempre. Las cosas no mejoraban. El mundo pasaba y giraba en su eje eterno, en el oráculo de su inefable indolencia. A él no le importaba. Puso un disco compacto en el equipo, un poco de música ayudaría en algo, la morfina de los sonidos aliviarían el ruido incesante de la vida. Resultaba fastidioso escuchar el sonido de una vida carente de alegría, el ruido artificial, las notas de una composición triste mejorarían el monótono sonido del aburrimiento, el de las agujas del reloj apuntando la hora final, al minuto exacto, a la oportunidad de perderlo todo, que ya era casi nada. El polvo y las ideas permanecían inmóviles, agonizaban en el último respiro en un mundo de caos y miseria, olvido y necedad, de dolor. La esperanza estaba tirada en la mesa a punto de caer, yacía olvidada en un recuerdo lejano, sin posibilidad, sin una pizca de fe, de sueño o de algo. Al instante se escucharon los primeros acordes de la triste sinfonía de Sibelius, el blues de la música clásica. Olvidó, enseguida, el calvario de la vida. Los clavos del destino aún lastimaban su piel, vieja de tanta melancolía. Los recuerdos no dejan vivir a un hombre, pensó, y luego, una leve sonrisa salió de su boca y una lágrima brotó interminable de su ojo derecho, se depositó en su labio. Tocó su corazón que latía lentamente, angustiado imaginó el segundo de vida donde el dolor se hace más grande que cualquier cosa, incluso más grande que la muerte e igual de desconocida, la incógnita, la “x” al final del túnel de la vida o al comienzo de la carretera de la muerte. Prendió un cigarro e inhaló profundamente, desesperado, intentando encontrar algún recuerdo entre el humo azul, en el olor amargo del tabaco y la nicotina plasmada en su camisa y en su boca. Tomó un libro, pero el libro pasó por sus ojos. Nada retuvo su interés. Miró los rayos del sol que traspasan la espesa cortina color mar, e imaginó una vida perfecta, la cruel dicotomía entre ser creativo o ser feliz. Afuera el viento azotaba los arboles con furia, con su arrogancia de dios invisible, las nubes giraban en éxtasis y en su ir y venir dejaban el recuerdo de su fugitiva estancia. Caminó muy despacio hacia su computador, aún con el pesado libro entre sus manos. La ceniza del cigarro en su boca caía sin detenerse y se depositaba en el viejo piso del lugar. Se sentó junto a la ventana e intentó escribir un poema lleno de dolor, un poema de sacrificio. Pensó en un tipo solitario en un bar oscuro. Muy pocas personas a su alrededor. Todos fumando. La escasa iluminación perdida entre botellas semi-vacias, vasos reflejando extrañas figuras en la mesa, un borracho cantando fuera de tono una canción triste. Las palabras fluían de su cansada cabeza, pero algo se había ido. Sus manos apenas podían llevar las ideas al papel, el maravilloso fruto de su imaginación caía podrido junto a su pies. Abrió un cajón y sacó una botella de vino barato hasta la mitad, su mano, la izquierda, se agitaba levemente sin control, trató por todos los medios de afirmarla, pero no pudo. Giró la tapa y vertió un poco al suelo sin darse cuenta. El vino tenía un color espeso, parecía una porción de fuego, el rojo era intenso y se hacía más oscuro al final de la botella. La levantó y observó su color a través de la escasa luz de la habitación, a pesar de que sus ojos estaban mirando hacia adentro, ensimismado, emitió lo que probablemente era una frase contra el mundo, agotado de una vida de sufrimiento, cansado a morir por la suerte de su destino, se dio cuenta que nadie en su casa, en la ciudad, ni en el mundo entero habían escuchado la frase que salió de su alma y pensó: La mejor poesía es la que esta en la cabeza de un hombre, es la que se escupe en una caminata al atardecer, en un patio trasero, en un día nublado de primavera, en un sábado de lluvia, con el áspero sabor de la pena recorriendo como un prófugo los extensos pliegues del alma, en el descuidado y maltrecho porvenir de una vida ficticia, sin la posibilidad escrita ni siquiera en las estrellas; sin embargo, él no creía que un planeta, una estrella o una galaxia, pudieran marcar el compás de su vida. El universo caminaba confuso en su rítmica agonía, en su destino inamovible. En ese momento escupió al cielo sin alcanzarlo, el que había estado esquivo desde su nacimiento no se dio cuenta de su existencia y siguió el orden de su matemática ironía. Que distinto pasa el tiempo, el suave y agotador andar del reloj de la vida de los soñadores, de los artistas, pensó.

1 Comments:

Blogger Ducados dijo...

Hola Rodrigo. Me ha gustado mucho este relato, también el último post de tu hermano ha estado muy bien.

Un abrazo.

6:28 p. m.  

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