sábado, diciembre 24, 2005

DÓNDE ESTÁ MI PUTA LUNA

La noche estaba cálida, él, sin embargo, sentía frío. Las estrellas permanecían inmovibles y acompañaban el rítmico movimiento de sus pasos, el compás de la eterna sinfonía de los solitarios, que se traduce en esa incansable hiperactividad que tienen ciertos soñadores. Mientras avanzaba despreocupado, iba inventando su próxima historia, intentaba ser un escritor. Disfrutaba la caminata, la asimilaba, la degustaba y la escupía sin remordimientos. Cada metro que avanzaba era un pequeño sorbo de vida que tragaba con cierta indiferencia, con cierta amargura. El aire que corría rebelde junto a él no le importaba. En su camisa llevaba el cuadernillo donde anotaba todo lo que venia a su mente. Una larga lista de poemas, descripciones y de ideas se mezclaban con la indolencia a los horarios y a la rutina. Indiferente al aburrimiento camino en forma pausada tratando de asimilar la vida, citaba poemas que improvisaba y observaba la luna lejana y distante en su monótona órbita, en la exactitud de su perfección y la inmedible belleza extraña que ejercía. Respiró profundamente y levantó la cabeza al cielo, su mano en forma de puño era la señal de victoria, la luna lo había logrado, se mantenía inmutable y respiraba. Le dedicó un verso escondido y olvidado. Arriba las ampolletas proyectaban una luz tenue, casi mística. Tomó su libreta y anotó una detallada descripción del lugar. Una mujer pasa apurada a su lado con la cabeza mirando el suelo. La calle se hacia interminable y él disfrutaba cada segundo de esa pequeña eternidad. Guardó su libreta en el bolsillo de su arrugada camisa y el lápiz cayó a un costado de la vereda, con dificultad se acercó a recogerlo. Los árboles se movían suavemente y con disimulo dirigiendo su camino. El viento vagaba incoloro y ajeno, y el recuerdo de la primavera era arrastrado desde un remoto lugar. El olor a tierra mojada de esa noche lo llevó a las tardes que pasaba en su jardín cuando era un niño, jugando hasta el cansancio e imaginando extrañas historias, recordando sueños que se repetían día tras día. Algo se había ido, algo se diluía rápidamente entre sus manos, era la esperanza que se evaporaba. El mundo era un lugar cruel donde vivir, donde matar el tiempo, donde asesinar los segundos que pasaban indiferentes a través de sus ojos. Los recuerdos estaban ahí, pero se odio a sí mismo al sentirlos tan cerca. Se detuvo en una esquina y miro hacia todos los lados. Se agacho y se sentó en la cuneta. De pronto respiro el aire de esa tarde que moría, que se había transformado en noche casi sin quererlo.