martes, noviembre 22, 2005

CENIZA EN LA VOZ

El vaso estaba hasta la mitad. La botella acabada yacía muerta y sin pulso a una orilla de la mesa, la que tenía una leve inclinación. La pared estaba llena de escritos obscenos y de chistes, manifiestos y poemas, juramentos de amor eterno, la cruel magia de cupido emanaba en cada esquina del sucio lugar. Encendí un cigarro. Observé el extremo encendido con detenimiento y admiración. Era el último que quedaba en este pequeño planeta sin luz ni vida. El aire estaba en un color azul intenso y los que permanecíamos ahí lentamente moríamos, un último respiro y el vaso en la boca era nuestro epitafio, aunque el mío agregaba un par de palabras: No molestar. En esa dulce agonía, con la locura y la muerte observando nuestros tragos decidí levantar la cabeza. El lugar estaba lleno de tristeza, la pena y el dolor caían pesadamente sobre las cabezas de los presentes, la monotonía se paseaba por cada una de nuestras mesas. Todo parecía perder un poco el equilibrio y la paciencia entre copa y copa. Muchos se olvidaban que las sillas no tenían respaldo y caían al suelo sin poder levantarse. El aire se hacia cada vez más pesado y en nuestras vidas algo faltaba, algo se había escapado, el sabor de la victoria corría mas rápido que nosotros y en el baile éramos los únicos invitados, sin música mas que la melancolía de una obra de Sibelius, entre el llanto de una realidad cimentada en unas cuantas copas de vino barato, nacía el sol en un lejano horizonte, rayos de luz que no nos pertenecían en medio de tanta oscuridad, entre sueños rotos esparcidos por el suelo. Tomé el vaso y lo llevé hasta mi boca. El color del vino era transparente, mas puro que todas las almas que vagaban perdidas por ahí, su sabor era fuerte y se hacia sentir. Anulaba la conciencia y hacia olvidar. Los recuerdos eran pequeños dibujos que se movían de un lugar a otro de la mesa la que seguía el ritmo de la música y de las copas, el sonido de la desesperación y la falta de un antídoto. Los ojos se hacían cada vez más pesados y la vista desfigurada por un leve letargo de las imágenes que permanecían inmóviles junto al polvo y la agonía. Nadie hablaba. Apenas nos mirábamos. El sonido de un reloj en su movimiento interminable era para muchos su única compañía. El vino seguía allí, el mundo entero seguía allí indiferente y distante en su ritmo antagónico. Afuera las estrellas vagaban inconsolables por su destino. Ahí dentro no había nada que hacer más que encomendarse al sufrimiento y a la soledad. Derrotados en nuestras mesas con una botella de vino como medicina, intentábamos recordar u olvidar, los que no lo conseguían, bebían con desesperación directamente de la botella. Un tipo alto bebía muy rápido. Continuamente miraba el reloj y golpeaba suavemente el suelo al ritmo de una canción que murmuraba. Cada uno de los dedos de la mano derecha se movían imitando la suavidad de un pianista. Muy poco levantó la cabeza y observó a su alrededor. Intentaba dirigir una orquesta, parecía triste.

martes, noviembre 08, 2005

EL MUNDO LADRA CON FURIA

El tiempo se sentía en los continuos cambios de posición de mi cuerpo, mi pie no dejaba de moverse en un nervioso y distraído movimiento. El sol permanecía en su órbita y giraba sin agotarse en su trayecto aburrido e indiferente. La luna al menos lo había logrado, permanecía inmutable y respiraba. Un perro ladraba con furia, el mundo entero ladraba con furia y pedía algo de comer, yo simplemente observaba. Era difícil concentrarse en algo. La música del taladro y el cemento era una especie de sinfonía dictatorial a la que estabamos sometidos, era como escuchar a Wagner y a Handel juntos, o incluso peor que eso. La sala parecía una cárcel de color amarillo triste y tenia a olor a mentira y a Universidad con fines de lucro. Los sueños permanecían estáticos junto al polvo. La mente se iba oscureciendo y la originalidad se diluía lentamente como la alegría en un día nublado. La cinta del documental comenzó a girar y las primeras imágenes asomaron distraídas, ¿o era yo el que estaba distraído? Traté de mirar la pantalla, pero no había traído las ganas, los lentes ni el tercer ojo. Después pensé en El capital de Marx, me acordé de Lennin y de que las armas son necesarias tarde o temprano, y del libro de Stalin, leído hasta la mitad, que mi hermano tiene en el velador. Medité en la muerte de Hemingway. Las imágenes del documental llenaban todo el lugar y el hastío se hacia sentir sobre nuestras cabezas. Mis pensamientos andaban de un lugar a otro sin descanso con una hiperactividad extrema, como a doscientos cuadros por segundo. La cinta había sido varias veces usada y de repente tendía a aparecer esa línea que borra un poco la imagen y que esta presente en los videos que uno vuelva a ver una y otra vez. Un tipo con un traje de época hacia girar una especie de juguete y los caballos, simples dibujos en un papel, giraban incansablemente produciendo que la imagen tomara vida. En la sala todos lentamente moríamos o por lo menos deseábamos estarlo. Algunos en un acto de fe le pedían a Dios, a Buda, a Hare krishna, a Malcom X que terminara con todo de una vez, que viniera un tornado y se llevara todo, incluido el aburrimiento y el ritmo antagónico del horario de clase. La forma en la que estaba construido el documental no me convencía, la forma en que estaba construida la vida, tampoco. Era como ver a Los Pincheira o a Hippie tratando de encajar en un periodo de la historia, era inverosímil, era como ver aun grupo de jóvenes tomando cerveza en la playa en vasos. Es como para preguntarse:¿ algo anda mal? Por lo menos, siempre existe la opción de cambiar el canal o apagar la tele, yo me voy por la opción b y me declaro incrédulo. Al final tenia que escribir un ensayo sobre lo que había visto, así que me dispuse a hacerlo. Escribir era una tarea fácil, sonar inteligente era lo complicado del asunto. Después de un rato terminé la misión encomendada, se hacia tarde y el mundo seguía como siempre, seguía ladrando con furia y yo también, estaba un poco más viejo y tenía sueño, así que me acosté y puse el disco compacto del Requiem de Brahms. Era como asistir a mi propio funeral, por primera vez era puntual en algo.

DOCUMENTAL NOW

La noche caía pesadamente. La respiración era lenta y constante, los ojos se perdían entre sueños que resbalaban por las paredes y se esparcían rotos por el suelo. Era otoño, era tarde y yo esperaba. Me senté en el escritorio frente al computador, respiré profundo y miré la ampolleta que parpadeaba como una estrella, frágil en su inocencia y en su inmedible belleza carente de luz. Observe la vida y ella me miraba de lejos con un aire de triunfo, adopté posición de combate y disparé dos tiros al aire en señal de advertencia, no me iba dejar abatir fácilmente. Los minutos pasaban, el reloj continuaba con su monotonía y su indolencia, giraba en su eje de aburrimiento eterno. Apagué la tele y coloqué un poco de música. Los acordes irrumpieron intempestivamente y perdí un poco el hilo de la conversación conmigo mismo. Bostecé y miré el diario, volví a bostezar aun más, y decidí perder mi tiempo en algo mejor. Una flor de plástico colgaba de la pared y la luz que golpeaba indirectamente sobre su tallo la asemejaba a un cuadro que desbordaba tristeza y compasión como a la obra de un pintor aficionado e inexperto. Y pensé en que siempre tengo pena en los momentos equivocados. Apague la luz y el único reflejo que se percibía era la pantalla del computador, me saqué los lentes y los puse junto al teclado, pasé lentamente mi mano por mis ojos y los cerré con fuerza durante un par de segundos, los abrí y el mundo seguía igual, pero un poco más borroso y distante. Bostecé otra vez y prendí la tele, volví a bostezar una vez más, y decidí perder mi vida y mi tiempo en algo mejor o en algo peor, la idea era seguir viviendo o respirando. El sol comenzaba a aparecer y salía de su letargo un poco cansado por las actividades del día anterior, no hacia nada más que observar. Afuera el viento azotaba los árboles con arrogancia, con su suave perfume y su alma errante. Debía escribir. Escribir resultaba fácil, pero sonar inteligente era un problema con dos incógnitas y sin solución. Y me acordé del documental “Now” y la cinta comenzó a avanzar en mi cabeza como en un cinematógrafo. Policías blancos con su traje azul y sus bastones intentan dispersar a golpes a personas de color que van marchando. Las imágenes se combinaban perfectamente al ritmo de la música que suena sin detenerse, imprimiendo realismo y movimiento a las imágenes, estáticas en un comienzo. Las fotografías se cortan en planos y se descomprimen produciendo el efecto de múltiples tomas e imágenes en una sola, logrando un mayor nivel de drama y de cercanía. El sufrimiento de las personas de color es reflejado en cada toma y se reafirma el contenido de las escenas con la letra de la canción, que suena constante y que sirve de apoyo al mensaje que entregan las imágenes, lo que hace aun más real, certero y original el contenido. Entregar el nivel de información de la noticia en términos de forma resulta mucho más llamativa, capta la atención de las personas y posibilita la entrega de la noticia de una forma diferente, que es sobretodo digna de aprobación y admiración, en un mundo triste e indiferente donde la originalidad es un bien escaso con peligro de extinción, con un cartel en el cuello que dice se busca. Y recordé un libro de un africano que fue llevado esclavo a Estados Unidos que yo terminé en el baño, como a las tres de la mañana, el verano pasado. El autor era el mismo que había escrito la biografía de Malcom X, y era un poco más racista que esos policías blancos con traje azul. Las ironías de la vida y la ley del taleon como mandamiento principal. Y además pensé en un cuento de Cortázar que habla de un fotógrafo que toma una foto de una mujer y un niño. La mujer intenta seducirlo para un hombre que espera en un auto leyendo el diario. La foto en su casa toma vida y se llena de movimiento y cuenta una vez más la misma historia, la escena se repite y el fotógrafo observa estupefacto. Punto final. Terminé de escribir, era de día y nuevamente bostecé e intente vivir, pero bostece aun más, y decidí perder mi tiempo en algo mejor.